
De joven, cuando aún no tenía carné de conducir, he hecho mucho autoestop por toda Europa y me ha pasado de todo, como el siguiente acaecido que, aunque parece sacado de una película de Alfred Hitchcock, no lo es; realmente me pasó.
Estaba parado en la cuneta de una carretera, no recuerdo exactamente dónde; para mí era en medio de la nada, y con el dedo le indicaba a los pocos coches que pasaban mi intención de ser transportado gratis. Llovía torrencialmente en una cruda noche del oscuro invierno. Pasaba el tiempo y nadie paraba.
La tormenta era tan fuerte que apenas alcanzaba a ver a unos 3 metros de distancia. De repente, vi cómo un extraño coche que, con las luces apagadas, se acercaba lentamente y al final se detenía a mi lado.
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Sin dudarlo, empapado hasta los huesos, salté dentro al coche y cerré la puerta. Miré hacia el asiento del conductor, para dar las gracias, y me di cuenta, con asombro, que nadie conducía el coche.
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El auto arrancó suave y pausadamente. Con los músculos paralizados por el miedo, no intenté bajarme. De pronto, comencé a escuchar voces que susurraban algo ininteligible, y oía jadeos y quejidos, pero... ¡No había nadie dentro del coche! Miré hacia delante, a la carretera, y con horror me percaté de que se aproximaba una curva muy cerrada. Más asustado, comencé a rezar e implorar por mi salvación al advertir el trágico destino.
Aún no había terminado de salir de mi espanto cuando, justo antes de llegar a la curva, apareció una tenebrosa mano húmeda por la ventana del conductor y movió el volante lentamente, pero con firmeza.
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Sin aliento y paralizado por el terror, medio cerrados los ojos, me aferré con todas mis fuerzas al asiento; inmóvil e impotente, vi como sucedía lo mismo en cada curva del oscuro camino. Los quejidos y jadeos aumentaban en cada momento, lo que le provocaba tal espanto que cada vez me acurrucaba más en el asiento.
De repente, escuché unas voces jadeantes que le decían:
"No te escondas, que te vemos, ¿por qué te escondes?"
Totalmente helado por el pánico, tras varios segundos sin atreverme a contestar, y ante la insistencia de las voces que me repetían lo mismo una y otra vez, respondí:
"¡Por favor, no me hagáis nada!, ¡por favor, no!"
A lo que se escuchó una voz ronca, pero fuerte y clara, que me dijo:
"¿Que no te hagamos nada, hijo de la grandísima p...? ¡Cómo no salgas del coche y empujes como los demás, te vamos a inflar a tortas!"
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